Demente crónica y de mente oscura. Mecida cariñosamente por el balanceo de un sueño inacabado.



Bienvenidos.

Incluso a mí hay veces que me asusta lo mutante que puedo llegar a ser. Hipócrita, nómada, engañosa y hasta puede que un poco serpiente... pero chicos, es lo que hay. Leed si gustais, disfrutad si cabe...



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domingo, 26 de enero de 2014

Victoriosa gratitud.

Y de pronto, su vida se tornó suave y aterciopelada.
La noche ya no albergaba monstruos en el interior de sus sábanas al dormir.
Los sueños dejaron de ser martirios desgarradores para su cerebro.
Su cuerpo dejó de sentir esa fina capa de ausencia que impregnaba su figura.

Dejó toda esa amargura atrás, para ganar muchísimo más.
Torpemente, encontró la manera de ser feliz; la manera de que sus desdichas fueran por un futuro más firme. En el camino dudó, temió, huyó, lloró, murió para por último renacer entre ojos abiertos y afiladas palabras de amor.
Y ahora, sus días ya no eran desgraciados ni pobres. Eso lo dejó completamente atrás... Todo merecía completamente la pena cuando esa noche, después de otras muchas... comenzó a sentirse humana y animal a la vez; sintió el cosquilleo impaciente al percibir en su nariz su olor. El contacto de dos miradas, el choque de dos pieles, la sutileza de dos cuerpos amándose en la oscuridad... El camino de un índice por la columna vertebral. El recorrido de un caracol por el cuello, el mordisco de un murciélago por las costillas... y la caricia de una mariposa en el ombligo. Casi la combinación perfecta entre humanidad y naturaleza irracional.

Una belleza antropológica invadió su sien, y sólo podía sentir el peso de toda la causalidad universal sobre sus párpados. Su cuerpo dejó de ser pesado y defectuoso (o al menos ella así lo sentía) al sincronizar sus movimientos con la existencia del ser que le había dado de nuevo la vida. Y todo el amor que quedaba sin corromper por los humanos en este mundo invadió su alma, con el fin de luchar por un futuro mejor.
Porque... al fin y al cabo, logró lo que por primera vez en toda su vida quiso conseguir, sin recurrir a la huída.


Gracias, cariño...
 pues sin tu sinceridad
ahora no seríamos felices.
Ahora ni siquiera seríamos...

miércoles, 11 de julio de 2012

Amor, sin más.

Era tan similar a la liberación de un alma... era una intranquilidad nerviosa y artística. Viendo lienzos y colores por todas partes. Sintiendo la energía filosófica del cosmos en mi sien... podía notar por las huellas dactilares de los dedos de mi mano como fluía esa necesidad innata de refugiar mi angustia en sentimientos plasmados. Plasmados y organizados de la mentalidad oscura de una luna oculta y resbaladiza. Lánguida y traicionara.
Como yo.
Como ella.
Como él...
Como todos.

Sin darme cuenta desarrollaba libremente la capacidad de expresar ideas, pero de una manera furtiva aprendí a controlar esa parte que me hacía débil y dependiente del cariño de otros. Reprimía mis emociones por el simple hecho de temer las emociones de otros al descubrir las mías.
Eso es peligroso... nunca sabes de qué será capaz alguien que tiene motivos para ocultar sentimientos sinceros y poderosos.

Basta de introspección; conozco mis defectos, mis debilidades y mis miedos.
Quiero dedicarme a ti. O a ella. O a mis pequeñas partes del pack...

Podría tumbarme durante horas y acariciarte. Todo eso que tengo asimilado en las palmas de mis manos: el grosor de tu pelo, la firmeza de tu pómulo, la suavidad de tus cejas... podría mirar sin descanso lo graciosas que son tus pestañas, y decirte sin usar palabras que amo todo lo que eres. Y aquello que encierras tras tus valores y errores, dedicarles una sonrisa cada mañana que despierte a tu lado. Cada día más de amargura o miedo... cada hora menos sin ti. Da igual. Amarte... a ti, enteramente, sin más; sin medida.

Apuesto a que no sabrás saltar de párrafo sin seguir pensando en él... pero yo soy así. En mi interior caben tantas personalidades estupendas y fáciles de querer... como por ejemplo esa muñequita de sonrisa pintada en la cara. Ella es meticulosa, cuidadosa y se oculta del mundo tras una fachada de miradas parcialmente sinceras. Ahora puedo mirar sus ojos y ver la decepción que me causa que no me cuente todo como lo siente, y sí me relate lo que aparentemente ve. Pero aún así, en ese gran abismo, puedo solapar gran parte de la oscuridad que me corrompe a mí. Y así seguir siendo capaz de amarla como hasta ahora, y como de aquí en adelante.

Una cereza madurando día a día. Preciosa. Rojo pasión. Jugosa y tierna por dentro, con ese hueso duro e impenetrable en el centro de su pecho... ojalá todos vieran la dulzura de su mundo interior, y desearan abrazarla tanto como lo deseo yo cada día que pasa.
Un cervatillo malherido. Siempre engañando al cazador y domando el pasto que sucumbe a su carrera. Cervatillo libre y silencioso... ella lleva en su esencia la devastadora opresión de un sistema correcto, pero no propio y personal.
Una silenciosa nota en una canción pegadiza. Ella tan adhesiva como el pegamento y adictiva como la más dulce droga. Todo murmullo y silencio en un ser físico inesperado... aún me abruma el paso que lleva del silencio a la verdad de su melodía. Aún me conmueve su exposición al mundo real, al mismo tiempo que me sobrecoge la intensidad de sus principios algo cerrados.
Podría abrazarlas bajo el agua a todas sin cansarme...
Podría no elegirlas a ellas, ni a él... pero entonces, no sería ni la mitad de YO de lo que soy ahora.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Lucidez.



Se cubrió la cabeza con un manto de estrellas de tela. Quería calentar las ideas y pensar con claridad.
Tenía toda la información que necesitaba en su cabeza... y sabía que era cruelmente certera, aunque la imagen de su imaginación le contrargumentara a capa y espada.

Mirándolo, ella podía observar que detrás de su desgarbada figura tensa y escuálida se escondía un infierno enredado por todas las fibras de su interior. Era un nudo que conectaba su parte humana y frágil con la irracional y cuasi-divina. A través de sus dedos de aguja hiriente, volvió a notar la cálida textura de su piel huesuda, pero esta vez... la herida era distinta. No quería su sangre. Quería su alma...

Ella quería recorrer con parsimonia y esmero ese camino que le llevaba de la locura a la inseguridad. Notar los colores de su ser... pasando por el miedo, la falta de estímulos en su vida; notar el bulto palpitante de su arrogancia en la parte intermedia de su pecho y rozar en su cerebro los delirios de grandeza que le estropeaba la visión de las mentalidades ajenas.
Ardía en sus ojos el deseo de superarlo todo... y ella, en el centro de ese fuego utópico sólo veía reflejado el complejo de inferioridad y la gloria arrebatada de una esencia pequeña e inexperta.
Se le antojaba inocente y apresurado. Idílico y a la vez frustrante...
Veía en él resquicios de autodestrucción científica y empírica. Veía perdición en las palabras que la boca que adoraba le dedicaba sin vacilación alguna. No era consciente de su área defectuosa... y eso, a ella le pinchaba el corazón y las ganas de amar.

Sin quererlo... empezó a entender frases que le hacían eco en el cerebro, y ahora tomaban forma para incrustarse en su percepción vital.... ahora más que nunca deseaba compartir ese manto de estrellas gris y azul bajo el que se acurrucaba cada noche a pensar en lo que no quería hacer.... quería compartirlo con él. Y quería hacerlo por él. Comenzó a desprenderse lentamente de la mitad de su moral, para así captar mejor  la afinidad de los pensamientos de él.... los que compartía con ella, y ella no sabía apreciar con exactitud.
Estrecharlo fuertemente entre sus brazos, y notar la ternura de una comprensión más allá de lo racional. Quería un contacto cósmico.

Y así, dejó de lado el loco morbo de la mutua destrucción pasional, para alcanzar un objetivo altruista y desinteresado en nombre de la complicidad humana.


lunes, 2 de enero de 2012

When you hit me, hit me hard...


A un nivel superior, en una esencia distinta y una oscuridad totalmente nueva del resto de los mortales descansaban mis ganas de dormir aquella noche.
Mis dedos reposaban suavemente su huella dactilar sobre tu pecho, notando el compás regular de tu insomnio.
Me esperaste con la manta abierta de par en par, y la cerraste cuando me acurruqué en el hueco que tus piernas habían creado para entrelazar las mías. Movimos el universo en un espacio físico y limitado. Burlé la gravedad metida entre tus brazos.

La noche se convirtió en madrugada, mientras me engullía la oscuridad de tu sobreacogedor abrazo; entre subida y bajada de tu pecho, rozando la punta de mi nariz. Casi sin aire, casi sin aliento y aún así... la comodidad de tu ternura impidió cualquier resquicio de ganas de volver a la realidad difusa de un techo blanco y una bocanada de aire virgen. Me ahogaba, y aún así, prefería apretar más mis manos contra tu espalda; me negaba a desprenderme de tu calidez.

El mundo se redujo a la concentración de acompasar nuestras respiraciones, fundiendo nuestras mejillas en una textura casi siamesa.
Besar tu nariz, acariciar tus pestañas con la comisura de mis labios, recorrer con esmero tus cejas con la rigidez atenta de mi frente... Estudiarte.
Notar tu firme tacto en mis costillas y desear que la madrugada nunca diera paso a la inminente llegada de la mañana. Dar protagonismo a tu mano recorriendo el lóbulo de mi oreja con dulzura, sentir en mi pelo las cosquillas de tus dedos. Derretirme en la sensación de que tus caricias pusieran mi piel de gallina.
Arder enteramente con el fuego que emanaba de mi pecho hasta llegar a todos los rincones de mi cuerpo. Mi cuerpo sometido sin remedio a tus atenciones caprichosas.

Levantaste tus párpados, y me miraste... posaste el peso de tu cuerpo sobre el mío. Progresivamente me fuiste hundiendo en la cama hasta que me fue casi imposible respirar. Acaricié tu nuca y besé tu nuez.
Un beso fugaz y gélido, que interfirió en mi piel como un calambrazo. Sonreíste con amabilidad y mis pestañas se volvieron amarga escarcha...

El hielo fue apoderándose de cada miembro de mi ser... congelando todo el tremendo erotismo que despertabas en mí momentos antes.
No sentía el tacto de mis manos, me dolían las rodillas, mi espalda estaba entumecida y rígida del frío.
Mis labios se volvieron morados y comencé a tiritar...
Te retiraste lentamente de mí, y alcancé a ver en las cuencas vacías de tus ojos la desesperación humana ante tu aparición en el silencio incómodo de las pesadillas humanas.

Besaste mi frente con un movimiento delicado y fino, como si tuvieras miedo de romperme en mil pedazos, aunque en aquel momento, prácticamente era una figura de hielo esculpida por tu traicionero amor.
- Duerme, pequeña... voy a hacer de ti mi juguete eterno en el más allá.
No cambié un ápice la expresión de mi cuerpo. Dejé la mente en blanco, y permití que su escalofriante aura devorara mi débil alma. Sumergí sin miedo mi mortalidad en su insegura y desmesurada infinidad.



viernes, 9 de diciembre de 2011

Me rindo...

La artificial sombra que creaba la tétrica luz estropeada de la lámpara del techo, le dio un aspecto más demente a la feliz y destructiva situación en la que me encontraba aquella tarde de pasmoso frío y cruel intensidad sentimental.

Ellos ensayaban allí. Ellos eran inocentes, artísticos y puramente competentes en ese lugar. Yo lo veía algo así como un altar.
Click. Silencio acusador de un acto predeterminado y oscuro.
Nostras, solas, en aquella sala... respirando conspiración y ausencia en cada una de las paredes, comencé a notar como mi cerebro se sobrecalentaba ante ideas maravillosamente sádicas y gores. Se me torcía la boca, en sinuosa sonrisa demente sólo de pensar en dejar suelta mi imaginación, y mis manos para tales actos demoníacos.
Yo quería profanar ese altar. Quería llenarlo de naturaleza, con todo lo que ello significaba. Quería la corrupción absoluta de mi locura.

Ella me mira con cierto aire de sospecha. Yo la examino, juguetona y ansiosa.

- No vas a conseguir lo que quieres, zorra. Aquello a lo que tú aspiras es mío, enteramente mío. Y tú no estás a mi nivel.
- Ahora mismo estoy donde quiero estar, con quien quiero estar y joder... sí voy a conseguir lo que quiero ahora mismo.

Me acerqué a ella. Ella me miró desconcertada, su respiración se tornó agitada e irregular. Lo vi en la ligereza de su pecho, al cambiar tan rápido el claroscuro de su piel.
Transpiración fría. Incertidumbre. Miedo ante una mente desconocida y oculta.
Ella veía en mis ojos la seguridad de una catástrofe sin sentido y agónica.

Comencé a abrazarla. Su pelo olía bien, era delgadita y pequeña al tacto... templada en la textura finita de su joven piel... Y supe que era normal que a él le gustara ese tacto. Celos. Celos primitivos.
El silencio pesaba como una condena en la sala. Y mi desequilibrio emocional se tambaleó.
Saqué del bolsillo de la chaqueta una cuerda de guitarra, y comencé a estrangularla con ella.
La obligué a tumbarse en el suelo, bajo el peso superior de mi cuerpo. Se revolvía, pataleaba, lloraba, gemía deseperadamente de pánico y dolor.
Me escupió, la muy zorra, y logró soltarse de mí. Menos mal, que fui previsora y cerré la puerta antes de que mi demencia diera paso al descontrol de mi cuerpo. Ella aulló de terror, e intentó defenderse de mí. Un golpe seco y rontundo. Mi nariz sangra... eso me incita más a la sangre.
Saco las llaves, y con la más grande y dentada la apuñalo en la boca del estómago, y retuerzo... y giro... quiero verla sangrar. Quiero ver su muerte paulatina ante mis ojos desorbitados. Quería matar a su puta. Una puta matando a otra... la afinidad de la simpleza que cubría el acto resultaba alentadoramente poética y bella. Era la objetiva visión de la maldad y supervivencia humana y natural.
Ella grita con pasión, notando el dolor de mi agresión. Yo me estremezco de placer... se me antojaba maravillosa la manera en la que se me erizaba la piel al estímulo de sus gritos.

Se tambalea por la estancia, buscado con ansia la salvación a su muerte. Mientras me acerco por detrás, y con la guitarra eléctrica que ella adora, le doy en la cabeza. Brecha. Sangre. Inconsciencia...
Yace en el suelo sin razón a causa del golpe, y la contemplo...
La injusta visión de acabar con una inocente vida por el simple hecho de satisfacer el mandato de mis inhumanos celos, me hizo llorar de rabia y arrepentimiento.
Ensimismada en mi propia repulsión, noté de repente algo introduciéndose en mi yugular. Ardiendo. Abriendo. Hiriendo. Matando...
No sabía que objeto era, pero ya daba igual...
Grité de dolor y conseguí ver de forma borrosa la figura frágil y perversa que diez minutos antes quería destruir a toda costa. Me miraba con venganza y desprecio. Me miraba desde arriba... con lágrimas, sangre y odio en su rostro...
Me desangraba, me moría... y no sólo no había conseguido mi propósito sino que... ardería en el infierno por el resto de mi existencia espiritual por permitir que la estupidez irracional controlara el resto de mi esencia humana.

martes, 29 de noviembre de 2011

1/2


El aire comenzó a ser hiriente en mi garganta, cuando noté el profundo vértigo que me provocaba la corrupta inocencia de tu mirada.
Me arranco la moral del alma, coso mis párpados lentamente para notar la agonía de mi entrega, desgarro sin piedad mi corazón cada momento de desesperación ante tu ausencia.
Mientras tanto, tú no dejes de lamer mi ombligo con obsceno esmero y pasión, por favor.
Destruye todo lo que soy... no te quedes a medias.

Y en los momentos que alcanzo a vislumbrar el dolor de la realidad, 
hasta el punto de aceptarla casi como propia, 
consiguiendo  mitigar el dolor que me ocasiona
 la pérdida prematura de tu mano...
vuelvo a recurrir a la palpitante locura de martirizar 
mi pobre zona central del pecho preguntando interiormente...
y tú... ¿seguirás deseando más de mí?...

miércoles, 26 de octubre de 2011

Soñando que jodemos y jadeamos.

Luz muy tenue. Casi inexistente, ocultando formas elásticas, en órbita y desfiguradas por el placer.
Tras una puerta cerrada dos cerebros descansan sus atontadas y ebrias neuronas... plácidamente.
Dos almas intercambian suspiros y ahogados gemidos en la piel del otro, dos almas con forma de humanos caprichosos, entregados a algo mucho más grande que ellos mismos, que la lógica limitada y la locura sin fin.

Un alma se tambalea entre el equilibrio racional y la cósmica espacial a la que esos dedos le entregaban.
Miraba a los dos encefalogramas planos, sumidos en un mar de sueños caldeados y pervertidos, al penetrar en ellos, como de un taladro se tratara, toda aquella pasión que se quedaba colgando en el aire. Ambiente lascivo y algo perturbador.

Un cerebro es especial, es cargante, desesperante, inexplicable, ilegible y casi imposible de dominar.
Un alma teme ese cerebro, y mientras van y vienen lluvias de caricias por dos cuerpos furtivos y prohibidos, no puede evitar llenar las sábanas con aires de sospecha y desconfianza.

Dos almas intentan llegar al orgasmo definitivo que rompa sus cuerpos en el puro sentimiento de pecado.
Dos cerebros descansan inertes a la espera de una resurrección cómoda a la mañana siguiente.
Hay que reconocer, que la escena es tétrica como poco...

Dos almas han emprendido un acto deplorable, del que ya no hay vuelta atrás. Cuando se descubre la afinidad de dos entes, el mundo implosiona en un silencio acogedor y erótico. Sí, esos silencios en los que sabes que un par de amantes se besan en la oscuridad.

Dos cerebros sueñan sin saber que están implicados en el acto. Sueñan con lenguas, dedos, pechos erguidos, vello erizado por los espasmos causados por el placer, bocas entreabiertas suplicando más y más con gemidos cómplices. Sueñan con piernas enlazadas y miembros erectos, empapados y palpitantes. Sueñan... los muy pervertidos.
Sin saberlo, los dos cerebros se masturban mientras creen soñar algo irreal, mientras dos almas elevan su esencia a los fuegos abrasadores del infierno de la lujuria y la deslealtad.
Tras una puerta cerrada se cuece un abismo confuso entre la vigilia y el sueño del que dos almas y dos cerebros se han visto inmersos sin apenas querer evitarlo.

Dos almas yacen una al lado de la otra, rendidos y jadeantes en una cama deshecha, mojada de amor y codicia; satisfechos con la notable subida de líbido retrocediendo hasta dejar a los proyectos de seres humanos en un zénit de tranquilidad y descarga emocional.
Dos cerebros reaccionan ante la visible llegada del amanecer. Resucitan, esperando el equilibrio de sus mentes... esperando que dos almas estén durmiendo, sin ruido, con la inocente visión de dos cuerpos ajenos, en dos extremos apartados en un límite moral y personal.






¡Hola! ¿Qué tal? No, no estaba muerta,
sólo que me he vuelto un poco gilipollas estos últimos meses...


domingo, 7 de agosto de 2011

Transpiración provocada.

La noche resultó ser asfixiante como mínimo. El suelo emanaba calor podrido y nauseabundo, del que no se libraba nadie en aquel centro de borrachos, estúpidos y juerguistas nocturnos.
Entre tanto bochorno, ni los abanicos proporcionaban alivio a las pieles mordidas por el angosto calor que los termómetros apuntaban sin tregua en esa fatídica línea roja. En fin... 42º, me cago en Dios.

El calor entumecía mis dedos y nublaba mis ideas, pero eso no me detuvo a la hora de admirar como te recorrían juguetonas brillantes gotitas de sudor por la sien.
Aquel bar olía a humanidad concentrada y estupidez descontrolada, entre tanto rock, alcohol y cabezas agitando neuronas.
La oscuridad y el ruido incesante me ayudó para meterte mano. Metí lánguida mis dedos entumecidos por dentro de tu camiseta, dibujando la silueta de tu espalda.
Notaba como mi mano se iba empapando ante su camino casi inocente por tu cuerpo. Acerqué mi nariz al cuello redondo y húmedo de tu camiseta y aspiré con esmero el dulce y fuerte olor que hacía despertar mis cosquillas. Ya sabes donde: en el pecho... extendiéndose hasta la punta de mis pezones hasta llegar al ombligo y crear un escalofrío en mi nuca.

Enfrentaste mi expresión lasciva con una sonrisa pícara y desafiante. Tú también deseabas aquel contacto ardiente.
Con firmeza, acercaste mi cara a la tuya, introduciendo tu mano entre los rizos mojados que se acumulaban en mi nuca, formando una fina capa de sudor alrededor de mi cuello.
Nuestros secos y anhelantes alientos acariciaban con atrayente calidez el rostro del otro.
El brillo de nuestros ojos se volvió cómplice; pude oír el click que conectaba nuestras ganas, y con la rapidez de un cambio de canción, nuestras bocas comenzaron a devorarse.

Saboreaba tu lengua, la seda de tu saliva, la adorable textura de tus labios. El sabor metálico de tu piercing en tu exquisito labio inferior. Podía percibir como en oleadas de pasión, tu olor mezclándose con el mío, multiplicados a causa del calor y el deseo.

Lamí ávida el sudor que tu clavícula albergaba, sumisa y devota. Besé cada rincón de tu cuello, al deleite y la saciedad de tu olor en mi nariz.
Succionaste mi garganta, alimentando tu delirio con mi salado calor líquido, a la expectativa certera de provocar mi ahogado gemido de súplica.
Nuestras manos emprendieron una resbaladiza e imparable ruta por los lugares más húmedos y recios de nuestros cuerpos; y ante la exagerada respuesta natural, volví a maravillarme con la fragilidad del ser humano y la complicidad de dos cuerpos que se atraen. Tanto por su simpleza física como la inagotable espiral de lujuria que los embarga hasta el punto álgido de placer.

Aquella calurosa y maloliente noche de agosto, nos proporción una excitación humana y verdaderamente salvaje, que nos obligó a volvernos auténticos siameses deshidratados por las altas temperaturas, y el inmenso calor que nuestros cuerpos mortales anhelaban.
Amor húmedo y animal. Sinceridad irracional e innegable. salados cuerpos afines bajo la madrugada pegajosa de la nada.


martes, 5 de julio de 2011

La historia del pringao que vivía en el 3ºB.

Unos pasos de grasiento y apático mamut retumbaron en la entrada de mi recién adquirido piso. Ya las había oído antes. Pertenecen a esa montaña de sebo mal oliente que tengo por vecino. Dios me libre de coincidir con él en el ascensor algún día.
Cojea de un pie, arrastrándolo y haciendo su llegada más putrefacta de lo que ya es de por sí, mirando al orondo tipo.
Sólo lo había visto una vez, pero me bastó para sentirme menos miserable, dando aspectos de su vida por sentadas, en las que yo siempre era superior.
En realidad, siempre he sido escoria comparativa.

Desde que llegué a mi avernoso dulce hogar nuevo, he oído salir toda clase de sonidos del piso de mi extraño vecino: porno extranjero, música punk de la bruta, ladridos de un chucho asqueroso, a veces incluso oigo unas risas escandalosas de una mujer.
Sólo de pensar en el tipo de mujer que puede vivir con semejante mofeta obesa... me pudre el estómago y me llena la boca de gusanos. Vamos, que como mínimo, debe dar estupor la señora.
El caso, es que un vecino discreto... no es.

Para pagar la ratonera donde vivo, tengo dos trabajos: uno nocturno como portero de un videoclub X que sólo abre por las noches, con el jodido horario de 00:00 a 6:00 a.m. Y otro, al que llego de empalme los jueves y viernes por la mañana de 8:30 a 14:00 p.m como dependiente del McDonals del centro comercial de Gran Vía.
O sea, que voy de culo.
Ya no sé si es realidad empírica o un trastorno delirante somático, pero no consigo quitar el olor a Big Mac y corrida de mi ropa.
Y para lo puteado que estoy, me toca aguantar las gilipolleces de un vecino inepto; que no me deja descansar/dormir/vivir individualmente.

Un día que acabé hasta las pelotas de su puta música a las once de la mañana, en mi puto día libre, me llené de mala hostia y me dirigí a la puerta de su casa dispuesto a ponerle de gordo mugriento para arriba.
Toqué al timbre copulsivamente, y aporreé la puerta a patada limpia.
La música se paró en seco, y oí como alguien se acercaba a la puerta rápidamente.
No me parecieron los pasos de la mofeta obesa...

Lo primero que vi cuando se abrió la puerta, fue una maraña de rizos negros, negrísimos, que olían maravillosamente a champú... seguidos de la mirada más viciosa y a la vez potente que jamás había visto.
Unos ojos verdes, enormes y fijos me miraban de arriba a bajo con curiosidad.
Era como si su mirada me arrastrara a un agujero negro de impresión y pasión.
Luego, con cara de oligofrénico, alcancé a ver donde acababa el camisón negro de tirantes, unas piernas definidas, pálidas y llenas de lunares. Muy suculentos, por cierto.

- Bueno... y tú, ¿qué quieres?
Se me fue toda la mala hostia y las ganas de homicidio recreado y meticuloso de hace dos minutos.
- Perdona... no esperaba que me abrieras tú.
- ¿Y a quién coño esperabas, tocando como un poseso en la puerta de mi casa?
- Creía que aquí vivía ese... hombre... grandote y...
A parte de tener cara de oligofrénico, empezaba a hablar como tal.
- Es mi casero. Estoy de alquilada en este cuchitril.
- No puede ser, ¿esa mofeta obesa es tu casero? Seguro que ha tenido intenciones de acosarte con esas manitas rechonchas el muy cerdo.
- Esa mofeta obesa... es mi tío.
Mi cara se transformó en un poema bélico.
- Lo.. lo, lo siento.
- Jajaja... te estoy vacilando, imbécil. En realidad no lo es, además debo decir, que no desapruebo que le hayas puesto un apodo. Yo lo llamo cariñosamente Gordo Cabrón. Y no... no ha intentado nada. ¿No te enseñaron a no juzgar a las personas por su aspecto, por muy dudoso que fuera?
- Paso de esa mierda. Me gusta juzgar y ser cruel con la gente... hace que mi vida parezca un poco menos caótica.
- Bueno, tú mismo. ¿Qué querías?
- Pedirte, amablemente, que bajaras un poco el volumen de la música... no he dormido en toda la noche y...
Su cara se tornó en irónica mueca, y me cerró al puerta en las narices antes de que terminara de hablar.

Me quedé rozando con la punta de mi nariz la puerta de aquella diosa de la discordia, y escuché complacido, como el silencio se apoderaba de mis zumbados oídos.
Me fui a dormir. Pero no lo conseguí...
Logré olvidar el olor nauseabundo que me invadía, y me masturbé pensando en el aroma que rociaba el aura de aquella muñequita punk.

Fue el mejor día desde que llegué a vivir a esta ruina de lugar... que trsite.

viernes, 3 de junio de 2011

Un mundo feliz.

Quiso quemar directamente su cerebro, pero pensó que sería un sufrimiento demasiado mediocre, quería sentir el dolor de la pérdida paso por paso.
-La pérdida duele, pero su ausencia me devora las entrañas y me hace el fantasma de su recuerdo... - pensó con amargura y desdén.
Empezó rompiendo todas sus fotos: incluso imprimía aquellas que guardaba en el disco duro, para despedazarlas antes de borrarlas.
Continuó desinfectando su armario y su piel... todo olía a él, y no podía soportar la dulce excitación que aquella maldita esencia le envadía por las noches.
Frotó su piel hasta que alguno de sus lunares sangraron. Desinfectó hasta que dolió... hasta que el contacto del estropajo con la piel olió a quemado y a sangre.
Quemó la ropa que el había tocado... y sin darse cuenta, desnudó por completo sus cajones y su cuerpo; por lo que programó una urgente salida de tiendas para tener algo que ponerse.

Empezaba a sentirse un poco más liberada, pero aún necesitaba destruír más. Abrió la ventana de un golpe seco y rotundo, inspiró con esmero una gran bocanda de aire, y la soltó con paciencia y delicadeza... sentía su cuerpo llenarse de una energía nueva y totalmente conductista.
Su piel se erizó, y sus pezones se endurecieron al contacto del viento de la temprana mañana.
Pensaba, analizaba, deducía y actuaba sobre aquel punto asfixiante que no la dejaba avanzar en su interior.

Sintió la ligereza de un cuerpo en vías de desintoxicación, y rió coquetamente.
Se dirigió hacia el rincón donde escuchaba su preciada música, y con una mirada sádica y despiadada, descargó un buen chorro de adrenalina rompiendo cd's, rayando vinilos, descuartizando el equipo de música... La mayor parte de aquel pequeño rincón lo había constituido él. Y ahora, estaba expulsando el espectro de aquel capullo a golpe de locura y odio.

Recorrío la casa bailoteando al son de la única música que él no soportaba, y ella había aprendido a no escuchar en su presencia: Death Metal.
Sonaba en su viejo radiocasset, de un modo distorsionado y tétrico Fuel for hatred de Satyricon.
Su melena se enredaba en el ambiente, y sus neuronas se revolvían ante la liberación de los guturales y gritos de la joven.
Ruido, desorden, locura y grandiosidad psicótica... aquel proyecto de mujer destruyó todo lo que vio a su paso, que le recordara a él. Y cuando su excitación alcanzó su zénit, encendió un cigarro, y contempló orgullosa su caótica obra.

Sintío como con cada calada del inmundo cigarrillo le teñía las tripas de un negro opaco y espeso. Le pareció sentir como su sangre se tornaba líquido alquitrán y elevaba su esencia al máximo exponente de plenitud.
Cogió acrílico negro, del que guarda en el armario de las pinturas cuando le viene un soplo de inspiración, y con una brocha casi sin cerdas, machacó, más que pintó en la pared: KALI.

Fue su firma apoteósica a un proyecto de destrucción, con el que con toda ultranza, mantendría el equilibrio de su desesperanzada vida.

miércoles, 13 de abril de 2011

Al señor A.

Algo me cautivaba al entrar en su territorio... un aura infernal, una mórbida lascivia. Cuando comenzaba a escucharle desde las sombras, no encontraba el modo de desviar la atención. Sentía como mis bragas se iban humedeciendo al avance de sus discursos.
Él nunca se percata de mi existencia... sigue haciendo lo de siempre, aunque sólo pueda intuirlo. Me divierte pensar en el tipo de antro en el que desarrolla tan llamativa cualidad.
Seguramente se ayude de la confusión del humo de un cigarro y la oscuridad del inicio de la madrugada para sonreír irónicamente, pensando en su evidente superioridad sobre las demás escorias mortales...
Imagino su cara mientras llega al zénit de su erección, con toda clase de frases morbosas en su brillante mente. Su mente... tan expuesta, tan apetecible, tan suculenta... Una mente que muestra una parte brutalmente cierta con respecto a la realidad, y otra somniolenta, en la que la vida es compuesta por conceptos cósmicos y vírgenes: Sexo inteligente, ideología podridamente objetiva, estados de ánimo de ultratumba... Sólo de pensarlo, me incita a un sexo tántrico desesperado.
En un efímero suspiro, mi anhedonia se torna asfixiante excitación. La sola colocación de sus palabras me producía admiración; y el contenido de éstas pura fascinación. Comencé a notar como sus palabras provocaban en mí la misma excitación que experimento cuando escucho, fumada y colocada, a Marilyn Manson, Nirvana o Extremoduro.
Sintiendo cada palabra suya como mía propia, volví a disfrutar de la perversión de mi cerebro y la lectura de los poemas más tórridos que conozco. Pensando en la existencia de una mente semejante, mi espontaneidad renació como innata e inmortal... permitiéndome masturbaciones placenteras, en vez de deseperadas. La vida dio un giro en mi lúgubre rutina. Pasé de sólo describir el mar los lunes y miércoles por la mañana, a filosofar y desvariar sobre el amor y el sexo. Conceptos yuxtapuestos en mi cosmovisión, y a la vez totalmente independientes.
Empecé siendo como una rata que se cuela por las rendijas de una casa, y sin consciencia escucha a una pareja de hipócritas novios echar un polvo... y ahora me siento como un ladrón de intimidad y deseo... Un parásito que se alimenta de la lujuria ajena. Una lujuria ajena de alta calidad.